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LAS TOXINAS MEDIOAMBIENTALES Y LA TIROIDES

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LAS TOXINAS MEDIOAMBIENTALES Y LA TIROIDES

 Los tres factores principales para desarrollar una condición autoinmune es un factor genético, permeabilidad intestinal y altos niveles de toxicidad. Hablaremos de los principales disruptores hormonales. 

 

El mercurio es una de las incontables toxinas ambientales que se han filtrado en nuestro aire, nuestra agua y nuestros alimentos. Cuando los investigadores estudiaron el salmón que había sido pescado en el estrecho de Puget, en Washington, descubrieron que los peces contenían un cóctel de más de ochenta y un productos sobre todo farmacéuticos, incluidos el Prozac, el Advil, Benadryl,  Lipitor, cocaína, Ciprofloxacino (y otros antibióticos),  Flonase,  Aleve, el Tylenol, Paxil, Valium,  Zoloft, Tagamet, OxyContin, Damon, nicotina y cafeína. El destino de todos esos medicamentos, drogas y toxinas eran nuestras mesas. Los investigadores también hallaron en los peces restos de productos de cuidado personal, anticoagulantes, fungicidas y antisépticos. Los mismos contaminantes se encuentran abundantemente en el agua potable. Los métodos de descontaminación no sólo no consiguen eliminarlos todos, sino que además las plantas descontaminadoras han logrado evitar constantemente las normativas destinadas a elevar sus niveles de calidad. El aire de los interiores se considera actualmente más contaminado que el aire externo, a causa de la cantidad de toxinas presentes en los materiales de construcción de las casas, el mobiliario, los aparatos electrónicos y los cientos de sustancias químicas que se hallan en los productos de limpieza para el hogar, las fuentes de carburante, los insecticidas, los productos corporales, los perfumes y los cosméticos. De las más de ochenta mil sustancias químicas en circulación, el 90% nunca han sido probadas en cuanto a su seguridad para la salud humana y menos de las doscientas conocidas por su toxicidad para el sistema nervioso han sido testadas en manto a su seguridad para las poblaciones vulnerables, como los niños y las personas mayores. ¿Hasta qué punto estamos expuestos? Los investigadores del Environmental Working Group (grupo de trabajo ambiental) detectaron doscientas ochenta y siete sustancias químicas ambientales en la sangre del cordón umbilical de los recién nacidos, todas ellas transmitidas durante el embarazo a través de la sangre de la madre, por medio de la placenta. Y ¿qué ocurre con Ios adultos? En su estudio de 2009 sobre la exposición humana a las sustancias químicas ambientales en Estados Unidos, los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC, por sus siglas en inglés) encontraron que de las doscientas doce sustancias químicas que andaban buscando, prácticamente todos los dos mil cuatrocientos participantes en el estudio tenían niveles medibles de éstas en la sangre o en la orina. En su estudio añadieron setenta y cinco productos más que en un estudio anterior, y todos estaban presentes. La carga química que cada uno de nosotros transportamos se llama carga corporal. Y todos y cada uno de nosotros hemos estado expuestos, aunque vivamos en un lugar aparentemente primitivo. Sea donde sea que vivamos, no estamos protegidos contra la contaminación. Las sustancias químicas permanecen en el entorno durante décadas, y se han encontrado a miles de kilómetros de donde fueron utilizadas en origen transportadas por el aire, por el agua, por los pájaros, por los grandes animales migrantes y en los alimentos que mandamos alrededor del mundo. Pesticidas empleados en México se han encontrado en los osos polares del Ártico. Estas sustancias son tan persistentes que incluso los pesticidas prohibidos en los años setenta del siglo pasado siguen llegando a nuestros alimentos a través del suelo y de los animales y se pueden encontrar de manera rutinaria en las muestras de sangre de adultos y niños. Puesto que los humanos estamos en la parte más alta de la cadena alimentaria, tenemos una exposición muy elevada, debido a que comemos productos animales.

Las mujeres tenemos más tejido adiposo que los hombres, así que acumulamos niveles incluso más altos. Incluso cantidades minúsculas de toxinas conocidas tienen un efecto profundo sobre nuestra salud, mucho más de lo que la comunidad científica (y datos oficiales) han anunciado. Las sustancias químicas individuales se combinan en nuestros cuerpos y dan lugar a nuevos compuestas que no se han estudiada nunca. Nos hemos convertido en laboratorios vivos, mientras las empresas agrícolas, industriales y farmacéuticas se aprovechan de ello, gracias (en gran parte) a sus lobbistas, que trabajan incansablemente para evitar que los gobiernos implementen nuevas normas de seguridad más exigentes.  Por una cruel ironía (o aprovechamiento desvergonzado), algunas de las mismas compañías que fabrican los herbicidas, pesticidas y otras toxinas también crean los medicamentos utilizados para tratar las enfermedades causadas por esos productos. Nuestra creciente exposición a las toxinas ha ido acompañada por un aumento de los problemas cognitivos (desde la confusión mental hasta el alzhéimer) y Ios problemas hormonales, incluidos la pubertad precoz, la endometriosis, el ovario poliquístico, la infertilidad, el fallo ovárico prematuro y el cáncer de mama, como las enfermedades autoinmunes y la diabetes. Nuestra exposición personal en realidad empezó enseguida después de la Segunda Guerra Mundial, cuando muchas de nuestras abuelas estaban embarazadas. ¿Cómo? Se ha demostrado que la exposición a las toxinas de hace una y dos generaciones influyen en nuestra epigenética personal. Así, si tu abuela estuvo expuesta sl DDT cuando era niña, por ejemplo, como muchos lo estuvieron cuando perseguían los camiones que rociaban el producto para erradicar los mosquitos, esto puede explicar en parte por qué ahora estás luchando contra determinados síntomas, a pesar de que estés haciendo todo lo que puedes para mantenerte sana. Los productos para la agricultura (herbicidas, pesticidas y antibióticos), los residuos industriales, los metales pasados, los plásticos, disruptores hormonales,  Ios disolventes y los retardantes de llama impregnan nuestro aire , nuestra agua, nuestro alimentos, el suelo, la ropa, el mobiliario, los productos corporales, los productos de limpieza y los aparatos electrónicos, y nosotros los absorbemos. Se adhieren a las células de nuestros sistemas inmunitario, nervioso y endócrino, y especialmente a tejidos delicados como la tiroides, y dañan su función. Aumentan la inflamación y el estrés oxidativo, causan «inflamación cerebral» y alteran la expresión genética. Una exposición crónica a bajas dosis eleva drásticamente el riesgo del síndrome metabólico, de la prediabetes y del declive cognitivo, lo que incluye el deterioro de la memoria y la atención y puede doblar el riesgo de sufrir la enfermedad de Alzheimer. ¿Te resulta familiar? Si. Nos han puesto en estado de emergencia. Y si estás batallando para perder peso, o mejorar el nivel de azúcar en sangre, y nada de lo que estás haciendo parece funcionar, nuevamente, quizá tengamos que culpar a las toxinas. Llamadas obesógenos y diabetógenos, estas toxinas activan cambios en tus células que aumentan la grasa y el cortisol, alteran la producción y secreción de insulina y producen resistencia a la insulina, el síndrome metabólico y diabetes. La pérdida de resistencia a la detoxificación conduce a la inflamación crónica y puede resultar de la exposición a las toxinas ambientales. Cuando esto sucede, nos sentimos por debajo de nuestras posibilidades y fatigados y tenemos mayor riesgo de padecer problemas más serios; las enfermedades autoinmunes encabezan la lista. Si los perfumes y otros olores químicos fuertes te molestan, si tienes síntomas de que no estás eliminando tus estrógenos. bien —por ejemplo, sensibilidad crónica o cíclica en el pecho o reglas frecuentes (más a menudo que cada cuatro semanas) o abundantes—, si tienes fibromas uterinos, o una enfermedad autoinmune o si estás cansada todo el tiempo o sufres fatiga crónica, podrías muy bien tener una sobrecarga de toxinas.  Esto sucede cuando hay un desequilibrio entre aquello a lo que estás expuesta y lo que tu cuerpo está en condiciones de eliminar a través de las vías naturales de detoxificación que son el hígado y el intestino. A continuación te damos una lista de los peores elementos. 

Disruptores hormonales 

Los disruptores endocrinos (EDC, por sus siglas en inglés) son especialmente sigilosos porque se absorben con rapidez e imitan a nuestras hormonas. Pero no son nuestras hormonas y se encuentran en los tejidos humanos en concentraciones mucho más elevadas que las hormonas endógenas (producidas por nuestro cuerpo). Como resultado pueden estimular en exceso, bloquear o alterar la acción de las hormonas enviando mensajes confusos a través de nuestro sistema endocrino. Los xenoestrógenos (estrógenos extraños.) imitan a Ios estrógenos, y lo que hacen los disruptores tiroideos (TDC, por sus siglas en inglés). Ios disruptores endócrinos usan inflamación, aumento de peso y resistencia a la insulina y estimulan a Ias células a crecer cuando no deberían hacerlo, lo cual da lugar a problemas como pubertad precoz en las niñas y endometriosis y cáncer de mama en las mujeres. Los disruptores tiroideos  compiten con el yodo e impiden que penetre en las células tiroideas —donde se necesita para la producción de la hormona tiroides—, modifican la forma y la función de la glándula tiroides, bloquean la producción de la hormona tiroides, inhiben la capacidad de transformar la T4 inactiva en la T3, activa, no permiten el transporte de la hormona tiroides a través del cuerpo e impiden que la hormona tiroides activa se una a los receptores tiroideos, que, según se ha demostrado, tienen los mismos efectos predecibles y dañinos que el hipotiroidismo. 

El flúor y otros halógenos 

Sabemos que a todos nos han vendido las maravillas del flúor, pero este, junto con el cloro y el bromo, forma parte de un grupo de sustancias químicas llamadas halógenos, que también incluyen el yodo. Comparten una estructura similar que les permite interferir en la función de la tiroides. El cloro y el flúor se encuentran en el agua potable, donde los ingerimos y respiramos. El cloro también se encuentra en las piscinas, en el agua de los balnearios y en los productos blanqueadores y de limpieza, mientras que el flúor se encuentra en la pasta de dientes, varios productos farmacéuticos, el teflón y los enseres de cocina antiadherentes, y el bromo en las harinas utilizadas para hacer recetas al horno y el pan. Se encuentra también en los retardantes de la llama y como aditivo en las bebidas dulces que contienen aceite bromado. Es importante recordar que en los pasados años cincuenta se utilizó el flúor en el tratamiento médico del hipertiroidismo por su conocido efecto inhibitorio de la función tiroidea; por ello no nos ha de sorprender que algunos estudios hayan descubierto que el flúor puede reducir la función tiroidea. 

Los metales pesados 

Los efectos perjudiciales de los metales pesados sobre el sistema endócrino, la inmunidad y la función cerebral se conocen desde hace mucho a causa de los problemas de infertilidad, la enfermedad de Hashimoto y las afecciones neurológicas que padecían los trabajadores de las fábricas que estaban expuestos a ellos. Parecen tener un impacto particular sobre la función reproductora de las mujeres. Tienen una afinidad con la pituitaria, que es la estación de envío de mensajes a las suprarrenales, la tiroides y los ovarios, y cuando se depositan allí la comunicación con los tres queda interrumpida, lo cual ocasiona problemas de fertilidad y otros problemas ginecológicos y de tiroides, además de activar el estado de emergencia y todos los efectos derivados sobre el colesterol, el peso, el corazón y el cerebro. Los metales disruptores de la tiroides más estudiados a los que estamos expuestos habitualmente son el mercurio, el plomo y el cadmio, aunque hay muchos más, todos los cuales abundan en nuestra agua, en el suelo, en Ios alimentos y en el aire, debido sobre todo a la contaminación ambiental industrial. 

Todos estos metales parecen afectar a la tiroides de muchas maneras: interfieren en el transporte del yodo a la tiroides y en la desyodación (el proceso por el cual la T4, se convierte en T3, la forma activa de la hormona tiroidea) en el hígado y otros tejidos y bloquean los receptores de la tiroides para que no acepten las hormonas tiroideas. La exposición al mercurio se ha asociado con la autoinmunidad celular, y el mercurio se acumula en la glándula tiroides en niveles especialmente altos en las mujeres; también se ha visto que aumenta de manera drástica los anticuerpos de antitiroglobulina, una posible indicación de daño a la glándula tiroides causado por una enfermedad autoinmune. La mayor parte del mercurio que produce este impacto viene del consumo de pescado. La exposición al cadmio reduce la T4, el plomo aparentemente reduce la FT3, la T3, y la T4, y cada uno de ellos implica un riesgo sustancial de daño a muchos otros aspectos de nuestra salud, especialmente la neurotoxicidad, que puede hacer que tengamos más riesgo de desarrollar enfermedades degenerativas, especialmente la enfermedad de Alzheimer, cuyo bajo nivel de impacto mucho tiempo antes de que la dolencia se manifieste puede causar trastornos del sistema nervioso, como falta de concentración y de memoria. Hay que observar que los metales pesados tienen también una actividad estrogénica, así que son disruptores hormonales a muchos niveles. 

En nuestros programas una parte fundamental es identificar las fuentes de toxicidad, eliminarlas y reemplazar las sustancias con las que tienes contacto, incluyendo tu alimentación, productos de belleza, suplementación y ambiente en general. Para ver nuestro programa personalizado, haz click aqui.

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